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  • 31 jul 2012

    Imagino su deseo a través de sus tímidas pupilas. La distancia dispuesta entre su espalda y mi pecho repta cual serpiente por arboladas selvas, y estrecha, con la pasión de las tormentas, sus más visibles aunque ocultas intenciones por rozar mis labios, contra la debilidad de una quimera tan alejada de la realidad tangible como la muerte del Olimpo, sagrado y divino hogar de deseos vehementes.
    Las posibilidades de atender a la moralidad renuncian a su grandiosa existencia ante un aire magnético a la par que peligroso, una mirada que más allá de ser felina, alcanza el subconsciente de aquél que evoca sus sueños mientras dormir se aleja de sus pretensiones inmediatas. Y así, a medida que el cielo habla de tinieblas y penumbras, bajo el destello de su poder atrayente, se crean suspiros que muerden lo más ardiente del alma, ansias de vida que, exquisitamente, seducen lo, no en el pasado pero sí en el presente, seducible.
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    Es la cualidad de incontrolable del momento vivido quien me susurra que acaricie tus esperanzas y aliente tus entrañables medias sonrisas. Ellas son las causantes de mi impaciente necesidad por direrenciar entre los vocablos que comienzo a creer de manera equivocada hermanos de significado: Cautiverio y cautivador. Así pues, mientras el primero habla del lugar en el que reside mi corazón, el segundo describe la sublimidad de tu cualidad más notable. Aquella que yo más adoro cuando me convierto yo en el ser cautivado.

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